El marxismo y la insurrección. Carta al Comité Central del POSDR(b) de Rusia. V.I. Lenin, 1917.

 El marxismo y la insurrección

Remembering Lenin - the First Great Communist Mass Murderer

Carta al Comité Central del POSDR(b) de Rusia

V.I. Lenin, 1917

 

 

Entre las malignas y tal vez más difundidas tergiversaciones del marxismo por los partidos "socialistas" dominantes, se encuentra la mentira oportunista de que la preparación de la insurrección, y en general de la concepción de ésta como arte es "blanquismo".

Ya el jefe del oportunismo, Bernstein, se ganó una triste celebridad acusando al marxismo de blanquismo, y, en realidad, con su griterío acerca del balnquismo, los oportunistas de hoy no renuevan ni "enriquecen" en lo más mínimo las pobres "ideas"de Bernstein.

¡Acusar a los marxistas de blanquismo, porque concebimos la insurrección como un arte! ¿Cabe falseamiento más patente de la verdad, cuando ningún marxista niega que fue el propio Marx quien se pronunció del modo más concreto, más claro y más irrefutable acerca de este problema diciendo precisamente que la insurrección es un arte, que hay que tratarla como tal arte, que es necesario conquistar un primer triunfo y seguir luego avanzando de uno en otro, sin interrumpir la ofensiva contra el enemigo, aprovechándose de su confusión, etc, etc?

Para poder triunfar, la insurrección no debe apoyarse en una conjuración, en un partido, sino en la clase avanzada. Esto en primer lugar. En segundo lugar, debe apoyarse en el auge revolucionario del pueblo. Y en tercer lugar, la insurrección debe apoyarse en aquel momento de viraje en la historia de la revolución ascensional en que la actividad de la vanguardia del pueblo sea mayor, en que mayores sean las vacilaciones en las filas de los enemigos y en las filas de los amigos débiles, a medias, indecisos, de la revolución. Estas tres condiciones, previas al planteamiento del problema de la insurrección, son las que precisamente diferencian el marxismo del blanquismo.

Pero, si se dan estas condiciones, negarse a tratar la insurrección como un arte equivale a traicionar al marxismo y a traicionar a la revolución. 

Para demostrar que el momento actual es precisamente el momento en que el partido está obligado a reconocer que la insurrección ha sido puesta al orden del día por la marcha objetiva de los acontecimientos, a tratarla como un arte, para demostrarlo, acaso sea lo mejor emplear el método comparativo y trazar un paralelo entre las jornadas del 3 y 4 de julio y las de septiembre.

El 3 y 4 de julio se podía, sin faltar a la verdad, plantear el problema así: es preferible tomar el poder, pues de no hacerlo, los enemigos nos acusarán igualmente de insurrectos y nos tratarán como tales. Pero de aquí no se podía hacer la conclusión de que hubiera sido conveniente tomar el poder por aquel entonces, pues a la sazón no existían las condiciones objetivas necesarias para que la insurrección pudiera triunfar.

1) No teníamos todavía con nosotros a la clase que es la vanguardia de la revolución.

No contábamos todavía con la mayoría de los obreros y soldados de las capitales. Hoy tenemos ya la mayoría en ambos Soviets. Esta mayoría es, pura y exclusivamente, fruto de la historia de los meses de julio y agosto, de las enseñanzas de las "represalias"contra los bolcheviques y de las enseñanzas de la korniloviada.

2) Entonces faltaba el empuje revolucionario de todo el pueblo, Hoy, después de la korniloviada, ese empuje existe. Así lo demuestra el estado de las provincias y la toma del poder de los Soviets en muchos lugares.

3) Entonces, las vacilaciones en las filas de nuestros enemigos y en las de la pequeña burguesía indecisa no habían cobrado todavía proporciones de serio alcance político en general. Hoy, esas vacilaciones son gigantescas: nuestro principal enemigo, el imperialismo de la Entente y el imperialismo mundial ( ya que los "aliados" se encuentran a la cabeza de éste) empieza a vacilar entre la guerra hasta el triunfo final y una paz separada dirigida contra Rusia. Y nuestros demócratas pequeñoburgueses, que ya han perdido, evidentemente, la mayoría en el pueblo, vacilan también de un modo extraordinario, habiendo renunciado al bloque, es decir, a la coalición con los demócratas-constitucionalistas.

4) Por eso, en los días 3 y 4 de Julio, la insurrección habría sido un error: no habríamos podido mantenernos en el poder ni física ni políticamente. No habríamos podido mantenernos físicamente, pues aunque por momentos teníamos a Petrogrado en nuestras manos, nuestros obreros y soldados no estaban dispuestos entonces a batirse y a morir por la capital: les faltaba todavía el ensañamiento, el indispensable odio hirviente, tanto contra los Kerenski como contra los Tsereteli y los Chernov. Nuestros hombres no estaban todavía templados por las persecuciones contra los bolcheviques, llevadas a cabo con la complicidad de los eseristas y mencheviques.

Políticamente, los días 3 y 4 de julio no habríamos podido sostenernos en el poder, pues, antes de la korniloviada, el ejército y las provincias podían marchar y habrían marchado sobre Petrogrado.

Hoy, el panorama es completamente distinto.

Hoy, tenemos con nosotros a la mayoría de la clase que es la vanguardia de la revolución, la vanguardia del pueblo capaz de arrastrar detrás de sí a las masas.

Tenemos con nosotros a la mayoría del pueblo, pues la dimisión de Chernov no es, ni mucho menos, el único indicio, pero si el más claro y más palpable, de que los campesinos no obtendrán la tierra del bloque de los eseristas (ni de los propios eseristas), y este es el quid del carácter popular de la revolución.

Estamos en la situación ventajosa de una partido que, en medio de las más inauditas vacilaciones, tanto de todo el imperialismo como de todo el bloque de los mencheviques y eseristas, sabe firmemente cuál es su camino.

Nuestro triunfo es seguro, pues el pueblo está ya al borde de la desesperación y nosotros señalamos al pueblo entero la verdadera salida: le hemos demostrado, "en los días de la korniloviada", el valor de nuestra dirección y, después, hemos propuesto una transacción a los bloquistas, transacción que estos han rechazado sin que por ello hayan terminado sus vacilaciones.

Sería el más grande de los errores creer que la transacción propuesta por nosotros no ha sido rechazada todavía, que la Conferencia Democrática pueda aceptarla todavía. La transacción era una oferta hecha de partido a partidos. No podía hacerse de otro modo. Los partidos la rechazaron. La Conferencia Democrática es sólo una conferencia, y nada más. No hay que olvidar que la mayoría del pueblo revolucionario, los campesinos pobres, irritados, no tienen representación en ella. Trátese de una conferencia de la minoría del pueblo; no debe olvidarse esta verdad evidente. Sería el más grande de los errores, el mayor de los cretinismos parlamentarios, que nosotros considerásemos la Conferencia Democrática como un parlamento, pues aun suponiendo que se hubiese declarado parlamento permanente y soberano de la revolución, igualmente no resolvería nada: la solución está fuera de ella, está en los barrios obreros de Petrogrado y Moscú.

Contamos con todas las premisas objetivas para una insurrección triunfante. Contamos con las excepcionales ventajas de una situación en que sólo nuestro triunfo en la insurrección pondrá fin a unas vacilaciones que han agotado al pueblo y que son la cosa más penosa del mundo; en que solo nuestro triunfo en la insurrección dará inmediatamente la tierra a los campesinos; en que solo nuestro triunfo en la insurrección hará fracasar todas esas maniobras de paz por separado, dirigidas contra la revolución, y las hará fracasar mediante la oferta franca de una paz más completa, más justa y más próxima, una paz en beneficio de la revolución. Por último, nuestro partido es el único que, si triunfa en la insurrección, puede salvar a Petrogrado, pues si nuestra oferta de paz es rechazada y no se nos concede ni siquiera un armisticio, nos convertiremos en "defensistas", nos pondremos a la cabeza de los partidos de guerra, nos convertiremos en el partido de guerra más encarnizado de todos los partidos y libraremos una guerra realmente revolucionaria. Despojaremos a los capitalistas de todo el pan y de todas las botas. No les dejaremos más que migajas, no les daremos más que alpargatas. Y enviaremos al frente todo el calzado y todo el pan. Y, así, conseguiremos defender a Petrogrado. En Rusia son todavía inmensamente grandes los recursos materiales y morales con que contaría una guerra verdaderamente revolucionaria: hay un 99% de probabilidades de que los alemanes nos concederán, por lo menos un armisticio. Y, en las condiciones actuales, obtener un armisticio equivale ya a triunfar sobre el mundo entero.

Después de persuadirnos de la absoluta necesidad de la insurrección de los obreros de Petrogrado y de Moscú para salvar a la revolución y liberarnos del reparto "separado" de Rusia por los imperialistas de ambas coaliciones, debemos: primero, adaptar nuestra táctica política en la Conferencia Democrática a las condiciones de la insurrección creciente; segundo, debemos demostrar que cuando nos declaramos conformes con la idea de Marx de que es necesario considerar la insurrección como un arte, no hablamos solo de labios a fuera.

Es necesario que en la Conferencia Democrática unamos inmediatamente la minoría bolchevique, sin preocuparnos del número ni dejarnos llevar del temor de que los vacilantes continúen en el campo de los vacilantes: allí harán más por la causa de la revolución que pasándose al campo de los que luchan por ella resueltamente y sin reservas.

Debemos redactar una breve declaración de los bolcheviques, subrayando con energía la inoportunidad de los largos discursos y la inoportunidad de los "discursos" en general, la necesidad de proceder a una acción inmediata para salvar a la revolución, la absoluta necesidad de romper totalmente con la burguesía, de destituir íntegramente al actual gobierno, de romper de una manera absoluta con los imperialistas anglo franceses que están preparando el reparto separado de Rusia, la necesidad del paso inmediato de todo el poder a manos de la democracia revolucionaria, con el proletariado revolucionario a la cabeza.

Nuestra declaración deberá formular en la forma más breve y tajante y de acuerdo con los proyectos programáticos: paz a los pueblos, tierra a los campesinos, confiscación de las ganancias escandalosas, poner fin al escandaloso sabotaje de la producción por los capitalistas.

Cuanto más breve y tajante sea la declaración, mejor. En ella debe de hacerse resaltar claramente además: de extraordinaria importancia: el pueblo está agotado por tantas vacilaciones, la indecisión de los eseristas y mencheviques ha estado martirizando al pueblo; nosotros rompemos definitivamente con esos partidos pues ellos han traicionado a la revolución.

El otro punto es este: la oferta inmediata de una paz sin anexiones, la inmediata ruptura con los imperialistas aliados, con todos los imperialistas, nos valdrá o bien el armisticio inmediato, o bien el paso de todo el proletariado revolucionario a la posición de la defensa, y la democracia revolucionaria, dirigida por él, dará comienzo a una guerra verdaderamente justa, verdaderamente revolucionaria.

Después de dar lectura a la declaración, después de proclamar la necesidad de decidir y no de hablar, de actuar y no de escribir resoluciones, debemos lanzar a toda nuestra minoría a las fábricas y a los cuarteles, allí es donde está su sitio, allí está el nervio de la vida, allí está la fuente de la salvación de la revolución, allí está el motor de la Conferencia Democrática.

Allí debemos exponer en discursos fogosos y apasionados, nuestro programa y plantear el problema así: o la aceptación íntegra del programa por la Conferencia o la insurrección. No hay término medio. No es posible esperar. La revolución se hunde.

Si planteamos el problema de ese modo y concentramos toda nuestra minoría en las fábricas y en los cuarteles, podremos elegir el momento certero para comenzar la insurrección.

Y para enfocar la insurrección al estilo marxista, es decir, como un arte, es necesario que al mismo tiempo, sin perder un minuto, organicemos un Estado Mayor de los destacamentos de la insurrección, distribuyamos las fuerzas, lancemos los regimientos de confianza contra los puntos más importantes, cerquemos el Teatro de Alejandro y tomemos la fortaleza de Pedro y Pablo, detengamos al Estado Mayor Central y al gobierno, enviemos contra los cadetes y contra la "división salvaje" tropas dispuestas a morir antes de dejar que el enemigo abra paso a los centros de la ciudad; es preciso que movilicemos a los obreros armados, haciéndoles un llamamiento para que se lancen a una lucha desesperada, a la lucha final; es necesario que ocupemos inmediatamente las centrales de telégrafos y teléfonos, que instalemos nuestro Estado Mayor de la insurrección en la Central de Teléfonos y pongamos en contacto telefónico con él a todas las fábricas, todos los regimientos y todos los puntos de la lucha armada, etc..

Todo esto, naturalmente, como simple orientación, como ejemplo de que en los momentos actuales no se puede ser fiel al marxismo, a la revolución, sin considerar la insurrección como un arte.

Escrito el 13-14 (26-27) de septiembre de 1917.
Publicado por primera vez en 1921 en el núm. 2 de la revista "Proletárskaya Revolutsia"

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