El genocidio estadounidense en Filipinas
El genocidio estadounidense en Filipinas
La conquista de Filipinas por parte del imperialismo norteamericano a finales del siglo XIX tuvo un gran impacto en las relaciones geoestratégicas y económicas en el mundo, así como en la población y la sociedad de Filipinas.
En este artículo analizaremos las condiciones históricas que dieron lugar a este proceso de conquista colonial, y que encuentra similitudes con procesos similares protagonizados por otras potencias, algunas de las cuales hoy se han erigido como grandes imperialistas. Que nos centremos en la conquista americana no implica negar el carácter colonial y capitalista de la dominación española que le precedió. Hemos decidido centrarnos en este período por ser uno de los episodios más despiadados y desconocidos, y porque sirve de muestra para comprender el modo en que las distintas potencias se pugnaron entre ellas por establecer un control colonial potente, que permitiría el desarrollo del capitalismo monopolista en todo el mundo.
Este tipo de estudios nos dan herramientas para combatir todos los mitos del “capitalismo amable” que, desde la historiografía burguesa y los medios de masas, tratan de imponer como una verdad absoluta. Las mismas potencias que hoy nos hablan de libertad y derechos humanos, llegaron a su posición de poder perpetrando verdaderas barbaridades en la historia, que no pueden ser olvidadas.
Las Filipinas bajo el control español
Antes de la ocupación norteamericana, las Filipinas españolas a finales del siglo XIX representaban una de las joyas coloniales más preciadas del Imperio español, que en aquellas fechas daba sus últimos coletazos de vida.
Filipinas se caracterizó entre las colonias españolas por su diversidad poblacional, como eran los tagalos, igorrotes y otros. Constituyó un reto para los intereses españoles de la zona, dado que la gobernanza era difícil de mantener, ya que eran más de 7000 islas diferentes que administrar, proveer de infraestructuras, defender de ataques piratas y aplastar revueltas o defenderlas de potencias rivales que codiciaban las islas.
Tras las independencias latinas a principios del siglo XIX, la colonia de Filipinas se quedó sin sus principales apoyos económicos que eran el Galeón de Manila (que quedó suprimido a partir de 1815) y Nueva España (que se independizó en 1821), un apoyo económico que había sido esencial para el mantenimiento del territorio de ultramar.
Con la pérdida de gran parte de Hispanoamérica, España impuso una política de aumento de lazos económicos con la isla con el objetivo de hacer de esta una isla autosuficiente, mediante el impulso del comercio y la construcción de infraestructuras.
Para el mantenimiento militar de la zona, España impuso una serie de impuestos en el tabaco, alcohol de nipa y coco, que pasaron a ser el eje hacendístico filipino (Miguel Luque Talaván, 2019)[1]. Además de esto, se impusieron tributos a la población nativa, se liberalizó el comercio (permitiendo la exportación de productos locales como el azúcar, café, arroz…) y se impulsó el tráfico del puerto de Manila. Todas estas medidas, permitieron dotar a la colonia de cierta holgura económica en lo que se refiere a tener recursos económicos para impulsar su desarrollo.
Durante la segunda mitad del siglo, se impulsó el desarrollo económico capitalista en Filipinas con medidas como la creación del Banco Español-Filipino de IsabelII (1851), la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Manila (1880) y la sucursal de Manila del Banco Peninsular Ultramarino (1882), entre otros[2].
A partir de la década de 1860, se da un nuevo periodo en la economía de Filipinas. Dicho periodo se caracterizó por un aumento de la apertura comercial de la isla y una apertura a la inversión extranjera. Como consecuencia, empezó a llegar un gran número de comerciantes, industriales e inversores estadounidenses, ingleses, alemanes, franceses... que se asentaron en las islas y, con el tiempo, se hicieron con el control de las exportaciones y de las importaciones de la colonia (María Dolores Elizalde, 2021)[3].
Todo esto provocó un aumento del desarrollo económico del territorio, como el desarrollo de infraestructuras, entre otras, la del ferrocarril, la mejora de puertos, etc. Otra consecuencia de la inversión extranjera fue un aumento exponencial de la explotación minera del hierro, el carbón (el recurso más abundante en el siglo XIX), el oro y el cobre (junto con el descubrimiento y la apertura de nuevos yacimientos de estos). Además, las inversiones extranjeras permitieron realizar prospecciones en las islas donde encontraron y explotaron abundantes recursos como cabilla, silicio, azufre[4]… También se dieron cambios en la agricultura, como la introducción de nuevos productos como el clavo (especie).
Así es como el archipiélago de Filipinas se convirtió en una joya en el sureste asiático. Dicha joya, administrada por el decadente Imperio español, acrecentó las ansias de las potencias rivales capitalistas para hacerse con su control. Entre las principales potencias que deseaban hacerse con el archipiélago se encontraban Francia, Japón, Alemania o Estados Unidos.
La disputa entre potencias por el nuevo reparto de Filipinas
Las Filipinas no eran únicamente una tierra destinada a obtener materias primas baratas, sino que también permitía tener un mercado donde colocar excedentes industriales de países que se estaban desarrollando como Japón, Alemania o Estados Unidos. Estos necesitaban mercados donde colocar sus mercancías y acrecentar su acumulación de capital. De esta manera, permitiría aumentar las escalas de producción industriales y reducir costes a largo plazo, gracias a la extracción de grandes plusvalías que financiarían los complejos procesos industriales y ganar competitividad en el plano internacional.
Otro hecho destacable de Filipinas es que era un gran puerto donde circunnavegaban gran parte de las rutas de comercio del Pacífico que repostaba el tráfico marítimo con carbón (recurso abundante en Filipinas y de muy bajo costo). Asimismo, era una base estratégica para el comercio con China.
Fue este el momento en que Japón, Alemania y Estados Unidos se disputan por este territorio. La balanza de dicha contienda geoestratégica para hacerse con el archipiélago acaba inclinándose hacia Estados Unidos, ya que Inglaterra le da su apoyo para hacerse con el control de las islas[5]. Por un lado, tenía temor a que Japón se hiciera con el territorio y que con el tiempo expulsara a Gran Bretaña de la zona, quedándose con las riquezas de China. Por otro lado, Gran Bretaña no deseaba una Alemania cada vez más fuerte en Europa y privarle de Filipinas le permitiría mantener su liderazgo en Europa.
La conquista americana de Filipinas
Para Estados Unidos, hacerse con las colonias españolas suponía un balón de oxígeno para su economía, continuar con su crecimiento. Cabe añadir que, si Estados Unidos no se hacía pronto con un paso directo hacia China, sus intereses comerciales tenderían de un hilo, debido a que las potencias imperialistas restantes se estaban haciendo con el control de grandes concesiones ferroviarias en China. Dicha coyuntura ponía en peligro las exportaciones de EE.UU. en China, porque les obligaba a transportarlas por tren bajo control de sus competidores; los cuales les impondrían altas tasas tarifarias con el fin de encarecerlas respecto a las suyas y dejarlas fuera del mercado.
Esto suponía un peligro para Estados Unidos. Esta fue la razón por la que el gigante norteamericano empezó a financiar a rebeldes filipinos (el Katipunan, dirigido por Aguinaldo) para expulsar a España del archipiélago cuanto antes y hacerse con su control. Tras una gran sublevación dada en 1896, la cual originó la Guerra de Filipinas (1896-1898), el movimiento independentista fue mayormente derrotado por España en 1897 con la firma del tratado de paz de Biak Na Bató (23 de abril de 1897). Solo quedaron grupos aislados de rebeldes en Luzón hasta 1898.
Tras este fracaso, Estados Unidos organizó una flota para conquistar Filipinas (dirigida por Dewey) y armó otra sublevación contra España (con la promesa de que les ayudarían a establecer la República de Filipinas) para obtener el territorio definitivamente. Tras la derrota de la flota española en Cavite, empezaron a desembarcar tropas y armas para los rebeldes filipinos (Luis E. Togores, 2021)[6].
Pasados los días, los norteamericanos y los rebeldes cercaron Manila. El 12 de agosto de 1898 se firmó un protocolo de paz con España. En tal acuerdo se entregaba a los norteamericanos Manila y Puerto Rico, lo cual acrecentaría las tensiones entre los filipinos y los estadounidenses.
El senador de EE.UU., Albert J. Beveridge, declaró lo siguiente sobre el interés de permanecer en Filipinas (septiembre de 1898):
Las riquezas de las Filipinas apenas han sido tocadas por los métodos modernos. Producen lo que consumimos y consumen lo que producimos: la misma predestinación de la reciprocidad, una reciprocidad que no se hace con las manos, sino que es eterna en los cielos. Venden cáñamo, azúcar, cocos, frutas tropicales, maderas preciosas como la caoba; compran harina, ropa, herramientas, maquinaria y todo lo que podamos cultivar y producir.
Más tarde añadió:
Su comercio será nuestro en el futuro[7]
El presidente de EE.UU., McKinley, se excusó para invadir Filipinas con que “los filipinos eran incapaces de autogobernarse” y que Dios le había indicado que no podían hacer otra cosa más que “educarlos y cristianizarlos”.
Sin haber pasado 24 horas de la ocupación de Manila, empezaron las brutalidades de los invasores norteamericanos en Filipinas. Aquí tenemos un testimonio de Miguel Saderra Maso (jesuita español):
(…) las guardias yanquis ocupan la ciudad en gran número. Su conducta con los indios ha variado mucho desde el día en que pusieron el pie en Cavite. Entonces con rostro muy risueño y ademanes cariñosos les decían a los indios: El español «malo». El indio «bueno». Ahora por cualquier niñería les dan a los indios con la culata en la cara, aunque sean Cabecillas. Hoy mismo por una quisicosa un fornido yanqui ha arrojado a un jovencito mestizo muy bien vestido y con gafas y del puente de España abajo[8].
Más adelante, el jesuita señala:
Si se arma por la calle alguna reyerta entre un español y un indio al acercarse la policía yanqui, por descontado tiene toda la culpa el indio, el cual carga con ella y con algunas patadas y culatazos. En su afán de hacer justicia inmediatamente y han llegado los yanquis a disparar su revolver sobre algún indio en medio de la calle. Nunca las guardias españolas habían sabido tratar así a la gente[9].
Tras la firma del Tratado de París, España abandona Cuba y cede Puerto Rico, Filipinas y cierto número de islas en el Pacífico a EE.UU. McKinley nombraría a la Comisión Schuman como rectora provisional de Filipinas el 20 de enero de 1899. Después de una serie de tensiones y reyertas iniciales, comienza la guerra filipino-estadounidense el día 4 febrero de 1899.
Al inicio de la guerra se dio una conquista lenta del territorio, ardua a la hora de asimilar y dominar el territorio conquistado por las constantes revueltas. Pasados meses de guerra enconada, el descontento popular aumentó en EE.UU. y el gobierno de McKinley, con miedo de perder las futuras elecciones, mandó más tropas y les dio carta blanca en Filipinas para que realizaran lo que fuera necesario para acabar con la guerra cuanto antes.
Historiadores como Paul A. Kramer y Susan A. Brewer afirman que los soldados estadounidenses en la guerra no solían hacer prisioneros y utilizaron métodos brutales contra la población[10]. Estos emplearon la tortura, ejecutaron prisioneros, quemaron iglesias, profanaron cementerios, realizaron violaciones masivas a mujeres, destruyeron y saquearon villas, y acabaron con la economía agraria de gran parte de Filipinas. La mejor forma de acabar con el movimiento guerrillero, explicaba el General Robert P. Hughes, era atacar a sus mujeres e hijos.
Otras atrocidades que realizó EE.UU. en Filipinas fueron las de cortar el aprovisionamiento de agua potable a numerosas aldeas hostiles para rendirlas por sed y aniquilarlas mediante la propagación de enfermedades.
También arrasaron con poblados enteros como hicieron con Balangiga[11], en la isla de Samar. Los estadounidenses declararían: “...que hemos dejado tan tranquila y pacífica como un cementerio”. Estos soldados también atacaron a los medios de subsistencia de los filipinos, exterminando a la mayor parte de los carabaos, para condenar a la población a la inanición. Por aportar un dato escalofriante, al sur de Manila, en la provincia de Batangas, en 1896 se contabilizaban unos 40000 habitantes y 19500 hectáreas de cultivos; en 1900 tan solo habían sobrevivido 11560 y 632, respectivamente[12].
Otra estrategia que utilizaron los norteamericanos para someter a la población local fue la de meter a la población en campos de concentración. En Luzón y Samar, en el interior de los campos de concentración donde se hacinaban miles de desgraciados, la falta de comida y atención médica provocaron la muerte de miles de cautivos, sobre todo en una epidemia de cólera que fue creada por los norteamericanos. En la provincia de Batangas, entre 1901 y 1902, murieron alrededor de 200000 filipinos en “los campos de reconcentración” norteamericanos de enfermedades y hambre[13].
Mark Twain, que participó como soldado en aquella guerra, fue testigo de varias matanzas, entre ellas, la de la Masacre del Cráter del Moro, donde murieron más de 1000 filipinos (mayormente civiles). Dicho hecho lo relató en su famoso poema The Battle Hymn of the Republic, Updated, que es una crítica a la guerra.
Otro de los grandes protagonistas de esta guerra fue el almirante Jacob Smith, que destacó por cometer múltiples atrocidades, entre ellas, dar órdenes de disparar a cualquier varón mayor de 10 años[14] y exterminar a más de 200 poblaciones que conquistó. Según el alto mando norteamericano, solo la “moderación” de la mayoría de los subordinados de Smith, impidió que se consolidara un completo reinado del terror en Samar, lugar que casi exterminó por completo[15].
Las primeras denuncias de torturas en los periódicos norteamericanos aparecieron en mayo de 1900. El periódico Omaha World-Herald publicó una carta del soldado A. F. Miller, donde revelaba el uso amplio de la tortura contra los prisioneros de guerra y, en particular, el uso de la «water cure» para obtener información de los filipinos. Los filipinos eran colocados de espaldas, se les inmovilizaba y se les colocaba una madera en la boca para obligarlos a mantenerla abierta. Después, se procedía a verter grandes cantidades de agua en su boca hasta provocarles la asfixia.
Al final, Aguinaldo, el líder independentista filipino, sería traicionado por sus hombres y apresado por los americanos en 1901. En el año 1902, el general Macario Sakay sería asesinado por orden de Theodore Roosevelt en Luzón, donde resistió cinco años más hasta que se acogió a la amnistía que le ofrecieron en un principio, para asesinarlo horas después. De este modo, la guerra concluiría en 1902, a excepción de algunos grupos de guerrilleros filipinos que se mantuvieron hasta 1913.
En 1902 se dio un consejo de guerra contra el mayor Littleton Waller, subordinado de Jacob Smith, acusado de haber ejecutado a 11 filipinos amotinados. Waller no quiso justificarse o apoyarse en las órdenes de Smith, pero la fiscalía, ante tanta incongruencia y testimonios sumados, decidiría llamar a declarar a Smith el 7 de abril de 1902, el cual negó haber dado esas órdenes con el fin de salvar su carrera. Más tarde, el testimonio de 3 capitanes corroboró las órdenes recibidas mostrando documentación escrita del comandante. Waller finalmente admitió haber sido ordenado para no hacer prisioneros y matar a todo el mundo que pasara por delante del punto de mira de cualquier fusil.
Gracias a la prensa estos hechos llegaron a oídos del público. Juzgado por crímenes contra la humanidad, un tribunal de guerra expulsaría del ejército a Waller, sin perder su grado. Además, fue enterrado en el mayor cementerio del mundo, Arlington, junto a otros militares.
Otras de las consecuencias de la ocupación norteamericana en suelo filipino fue la destrucción de la cultura hispana, su legado y la desaparición del castellano de las islas. El cónsul de Estados Unidos en Manila, O. F. Williams, en una comunicación dirigida al secretario de Estado, Mr. Day, el 2 de julio de 1898, sugirió la siguiente política respecto a la lingüística:
Cada empresa norteamericana en cada uno de los cientos de puertos y populosos pueblos de las Filipinas será un centro comercial y escuela para nativos dóciles conducentes a un buen gobierno según el modelo, de Estados Unidos. El español o idioma nativo no es esencial. Con la expulsión de los españoles, sigue que nuestro idioma se adopte inmediatamente en los tribunales, puestos públicos, escuelas e iglesias nuevamente organizadas y que los nativos aprendan inglés.
Para finalizar, el sacerdote católico y geógrafo Manuel Arellano Remondo estimó que en los dos primeros años de guerra murieron alrededor de un millón de filipinos (que representaban el 10% de la población filipina de la época) por causa directa de la guerra e indirecta (como las enfermedades o el hambre). Otros autores, como Manuel Mª de Artaza Montero, afirman que murieron 6000 combatientes y más de 200000 civiles filipinos.
Conclusión
Como conclusión, una de las potencias imperialistas más despiadadas y sanguinarias se abrió paso en Asia por la hegemonía mundial. No dudó en usar la fuerza, la tortura, las humillaciones, el engaño, el saqueo y la destrucción más despiadada para imponerse en un territorio prácticamente subdesarrollado donde la población llegaba a 9 millones de habitantes en 1898 y que pasó a cerca de 8 millones finalizada la contienda. Es decir, exterminaron a más del 10% de la población de Filipinas[16] con el fin de hacerse con el dominio del territorio y con los pasos comerciales que suponían dicha región.
Estudiar este tipo de procesos es más necesario que nunca, teniendo en cuenta la ofensiva actual del sistema por enterrar cualquier pensamiento fuera de lo políticamente correcto. El pensamiento liberal que hoy inunda los medios de comunicación, y que sigue promocionándose para mantener la dominación capitalista, pretende reescribir la historia, hacernos creer que el sistema actual está construido sobre el mérito y el esfuerzo de unos pocos, y que países como EE.UU son portadores de la libertad y los derechos. Nada más alejado de la realidad.
Adrián Iglesias.
Referencias
Martini, Darío (2013). La guerra filipino-estadounidense (1899-1902). Un laboratorio de ensayo para el naciente imperialismo estadounidense. X Jornadas de Sociología. Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires.
A. Brewer, Susan (2013). Selling Empire: American Propaganda and War in the Philippines. The Asia-Pacific Journal. Volume 11.
A. Font Gavira, Carlos (2013). Aproximación a las repercusiones en filipinas de la intervención estadounidense. Revista Filipina. Vol. 1, Número 1.
VV.AA. (2021). Los últimos de Filipinas. Editorial: Desperta Ferro Ediciones. Nº 44.
VV.AA. (2019). La Guerra de Filipinas 1896 – 1898. Editorial: Desperta Ferro Ediciones. Nº 36.
Moyano
Bazzani, Eduardo L. (2007). Una aproximación a la industria minera en
Filipinas en el siglo XIX. IE
Universidad, Segovia. Oppidum, nº 3.
Brewer, Susan B. Why America
Fights: Patriotism and War Propaganda from the
Philippines To Iraq. Oxford: Oxford University Press, 2009. Print.
Arellano Remondo, fray Manuel: Geografía general de las islas Filipinas. Manila: Tipografía del Colegio de Santo Tomás de Manila.
Mª de Artaza Montero, Manuel (2011). Filipinas: imperio, independencia y path dependence. SEMATA, Ciencias Sociais e Humanidades. vol. 23: 267-292
Rocha Herrera, M. (2018). ¿Cuáles son las obligaciones de un comandante militar en campo? Evolución jurídica de la doctrina de responsabilidad del superior jerárquico: de Yamashita a Bemba Gombo en la Corte Penal Internacional. ANIDIP, 6, 10-58. Doi: http://dx.doi.org/10.12804/revistas.urosario.edu.co/anidip/a.7150
Einolf, C.J. (2014). The Scandal Breaks, April 1902. In: America in the Philippines, 1899–1902. Palgrave Macmillan, New York. https://doi.org/10.1057/9781137460769_8
[1] VV.AA. (2019). La Guerra de Filipinas 1896 – 1898. Editorial: Desperta Ferro Ediciones. Nº 36. (pág.7-10)
[2] VV.AA. (2019). La Guerra de Filipinas 1896 – 1898. Editorial: Desperta Ferro Ediciones. Nº 36. (pág. 7)
[3] VV.AA. (2021). Los últimos de Filipinas. Editorial: Desperta Ferro Ediciones. Nº 44. (pág, 7-12)
[4] Moyano Bazzani, Eduardo L. (2007). Una aproximación a la industria minera en Filipinas en el siglo XIX. IE Universidad, Segovia. Oppidum, nº 3 (pág. 117)
[5] VV.AA. (2021). Los últimos de Filipinas. Editorial: Desperta Ferro Ediciones. Nº 44. (pág. 10-12)
[6] VV.AA. (2019). La Guerra de Filipinas 1896 – 1898. Editorial: Desperta Ferro Ediciones. Nº 36. (pág. 23-31)
[7] Ídem.
[8] VV.AA. (2021). Los últimos de Filipinas. Editorial: Desperta Ferro Ediciones. Nº 44. (pág. 30).
[9] VV.AA. (2021). Los últimos de Filipinas. Editorial: Desperta Ferro Ediciones. Nº 44. (pág. 31).
[10] A. Brewer, Susan (2013). Selling Empire: American Propaganda and War in the Philippines. The Asia-Pacific Journal. Volume 11. (pág. 19)
[11] Martini, Darío (2013). La guerra filipino-estadounidense (1899-1902). Un laboratorio de ensayo para el naciente imperialismo estadounidense. X Jornadas de Sociología. (pág. 11)
[12] A. Font Gavira, Carlos (2013). Aproximación a las repercusiones en filipinas de la intervención estadounidense. Revista Filipina. Vol. 1, Número 1. (pág. 17)
[13] A. Brewer, Susan (2013). Selling Empire: American Propaganda and War in the Philippines. The Asia-Pacific Journal. Volume 11. (pág. 19)
[14] Rocha Herrera, M. (2018). ¿Cuáles son las obligaciones de un comandante militar en campo? Evolución jurídica de la doctrina de responsabilidad del superior jerárquico: de Yamashita a Bemba Gombo en la Corte Penal Internacional. ANIDIP, 6, 10-58 (pág. 20-21).
[15] A. Font Gavira, Carlos (2013). Aproximación a las repercusiones en filipinas de la intervención estadounidense. Revista Filipina. Vol. 1, Número 1. (pág. 16-17).
[16] A. Font Gavira, Carlos (2013). Aproximación a las repercusiones en filipinas de la intervención estadounidense. Revista Filipina. Vol. 1, Número 1. (pág. 19)

Muy interesante, sigan así.
ResponderEliminarAquí apoyando la divulgación de la verdad. 💪
Muy buen artículo. Más allá del hecho de saber que dicha ocupación ha existido, desconocía muchos detalles.
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